Los alcohólicos LGBTQ en A.A.

A muchos de nosotros nos puede ser difícil admitir y aceptar que tenemos un problema con el alcohol. A veces el alcohol parece ser la solución de nuestros problemas, la única cosa que nos hace la vida tolerable. Pero si, al considerar nuestras vidas francamente, vemos que los problemas parecen surgir cuando bebemos —problemas en la casa, en nuestro trabajo, problemas de salud, o con nuestra estabilidad emocional, problemas con nuestras familias e incluso con nuestras vidas sociales— es más que probable que tenemos un problema con la bebida.

Si crees que tienes un problema con el alcohol, los miembros de Alcohólicos Anónimos te invitamos a unirte a nosotros. En A.A. encontrarás una comunidad de gente afín de toda clase y condición y de toda orientación. A nosotros que nos identificamos como lesbiana, gay, bisexual, transgénero, o queer (LGBTQ), A.A. nos extiende una mano y nos abre su corazón y nos ofrece un programa de recuperación salvador y afirmador de vida. Desde el día de su fundación en Akron, Ohio, el 10 de junio de 1935, con un alcohólico que ayudó a otro, la esperanza de la Comunidad siempre ha sido la de alcanzar a todos los alcohólicos que necesitan y quieren ayuda.

Bill W., cofundador de A.A. dijo en 1940: “Toda persona que tiene un problema alcohólico y desea eliminarlo y así ajustarse felizmente a las circunstancias de su vida llega a ser un miembro de A.A. con nada más asociarse con nosotros. No se necesita nada aparte de la sinceridad. Y ni siquiera exigimos ésta”.
Juntos, sentimos una afinidad profunda y fundamental, ya que hemos aprendido que cualquier persona, donde quiera que esté, sean cuales sean
sus circunstancias personales, pueden padecer de la enfermedad de alcoholismo. También hemos aprendido que toda persona que desee dejar la bebida puede encontrar ayuda y recuperación en Alcohólicos Anónimos.

Las historias publicadas en este folleto comparten la experiencia, fortaleza y esperanza de una amplia variedad de miembros de A.A. LGBTQ.

Esperamos que descubras, como han descubierto estos individuos, que eres bienvenido en Alcohólicos Anónimos y que tú también puedas encontrar una nueva libertad y una nueva felicidad en esta forma de vida espiritual.

“Siempre supe que tenía una conexión profunda y nada saludable con la bebida”.
Me llamo Katie y soy una auténtica alcohólica. Poder identificarme así no es para mí de poco valor y me siento agradecida todos los días. Pasé la mayor parte de 15 años tomándome tragos de cualquier bebida que pudiera obtener y fingiendo ser la muchacha que otras personas querían que fuera: feliz, segura de mí misma, llena de vida. Tenía que esforzarme al máximo para ocultar que no era esa muchacha y pasaba la mayoría de mis días desesperada, aterrorizada y avergonzada.
Desde una edad temprana tenía el “ismo” del alcoholismo, siempre sintiéndome un poco “rara” y poco segura de mí misma. Por haber crecido como miembro de una familia irlandesa grande, siempre asociaba la bebida a la risa, las divertidas narrativas y la camaradería. Desde el momento en que me tomé mi primer trago, en el octavo grado de la primaria, hasta mi última borrachera, muchos años más tarde, mi obsesión por sentirme “una parte de” fue muy obvia, y me acostumbraba a la sensación de tranquilidad y consuelo que el alcohol me ofrecía. Nunca bebía “normalmente” como lo hacían mis amigos y no tardé en considerar la capacidad de ir de juerga como un talento especial. Era yo la chica fiestera, la que haría lo que fuera, una fiel compañera en las situaciones muy alocadas.
Al igual que ser irlandesa, la bebida llegó a ser una parte integrante de mi identidad y de quien creía que era. Además me hacía más fácil ocultar aspectos de mi carácter que no me gustaban. En la universidad, bebía entre clases y siempre estaba haciendo planes para la próxima fiesta, secretamente preocupada de que, noticias de mi sexualidad emergente, llegaran a mi familia. Evadir las responsabilidades y ganar fama de fiestera suponía beber mucho y pasé más tiempo durmiendo la mona que haciendo algo de mi vida.

Después de salir del clóset y decírselo a mis padres a la edad de 25 años, creía haber superado lo peor. Incluso había empezado a creer que mi forma excesiva de beber era una consecuencia de esa carcoma del alma y temor a declararme como quien soy. Después de todo, mi crisis de identidad autoimpuesta era un pretexto perfecto para comportarme mal. Pero pasados unos cuantos años me encontraba bebiendo una botella al día y todavía incapaz de gestionar mi vida. Mis relaciones eran a menudo difíciles y abusivas, alimentadas por la inseguridad y el alcohol, y mis defectos de carácter convirtieron la vida diaria en una lucha constante en la casa y en el trabajo.
Salir con personas transgéneras y con disforia de género suponía aun más desafíos, y me parecía que mi recién formada identidad como lesbiana estaba amenazada. No me resultaba cómodo defender mi sexualidad y mis relaciones ante mi familia y mis amigos y me quedé sintiéndome enojada y resentida. Me había convencido a mí misma de que la bebida me hacía más fácil lidiar con mis emociones y mis temores, pero en realidad sólo empeoraba las cosas.
A diferencia de muchas personas atrapadas por la negación, siempre supe que tenía una conexión profunda y nada saludable con la bebida, pero no tenía ninguna sensación de urgente desesperación hasta que mi pareja hizo sus maletas por tercera y última vez, amenazando con desvanecerse para siempre. Se dice que poco importa lo que nos lleve al punto decisivo, un día nos encontramos allí y, en ese día frío de febrero, por fin me encontré en las últimas.
Gracias a Dios por Alcohólicos Anónimos y su programa de recuperación extremadamente práctico (pero completamente mágico). Desde el momento en que tomé la decisión de asistir a mi primera reunión, mi vida se ha ido mejorando. Me comprometí de lleno y me puse a seguir el régimen de 90 reuniones en 90 días, que me sugirió una compañera de A.A. No era fácil, pero estaba bien dispuesta a investigar lo que me pudiera ofrecer esta “sobriedad” elusiva de la que todos estaban hablando.
Yo quería lo que ellos tenían y pronto me vi plenamente comprometida y participando en las actividades de mi grupo base, sentando las bases que siguen sirviéndome hoy día. Para una persona con una necesidad de encajar muy arraigada, fue un inmenso alivio encontrar reuniones LGBTQ en línea y en el directorio. Además, me di cuenta de que mi nueva identidad de alcohólica me conectaba con hombres y mujeres participantes en todas las reuniones y me sentía calurosamente acogida por mis compañeros — hetero y homosexuales y todo lo que hubiere entre medias. Gracias a contar con un amadrinamiento sólido, trabajar en los Doce Pasos y seguir las Doce Tradiciones, he empezado, poco a poco, a aceptarme como quien soy, con los defectos que pueda tener, y a llegar a ser una mujer presente y con propósito.

A menudo oigo a los miembros decir que han recuperado sus vidas. Gracias a Dios como lo concibo yo, a una madrina que me mantiene atenta y alerta y a una comunidad que incluye a todos, ahora conozco una vida totalmente nueva. Mi propósito principal hoy es tener siempre presente que soy una entre muchos, ser servicial, y vivir tan auténticamente como sea posible — feliz, alegre, libre, un día a la vez.

“Mi alcoholismo cobró vida propia y no podía detener la progresión”.
Tomé conciencia de mi sexualidad más o menos a la misma edad en la que empecé a beber. No era un bebedor secreto, pero ocultaba de la mayoría de la gente el hecho de ser gay. Frecuentaba los clubs gay, en otra ciudad, los fines de semana. No he sentido nunca ninguna vergüenza, ni culpabilidad ni remordimiento por ser gay, ni en ese entonces ni ahora. Pero de adolescente recibí una paliza más de una vez por ser gay y por ello desde entonces hacía todo lo posible para mantener en privado este aspecto de mi vida.
A los 25 años de edad, conocí a un hombre de quien me enamoré profundamente. Y fue en ese momento cuando me declaré ante todas las personas que conocía. Hasta entonces, mis padres no tenían la menor idea. Lo importante fue que por primera vez era totalmente sincero con otras personas. Ya no me importaba la opinión que otros tuvieran de mí. Y eso fue un momento memorable de mi vida, debido a estos sentimientos de libertad y felicidad. La relación no duró mucho tiempo, pero incluso eso no me dejó desanimado.
Entonces ¿por qué aumentó de repente mi consumo de alcohol al mismo tiempo? La mayoría de la gente al avanzar en años, y poner sus vidas en orden, bebía menos. Pero parece que yo no soy uno de esos bebedores típicos. El ansia se apoderó de mí completamente. Y entonces ya no me importaba lo que me estuviera pasando en la vida. Mi alcoholismo cobró una vida propia y no podía detener la progresión.
Un día del año 1994 me derrumbé en el trabajo. Tuve una especie de crisis nerviosa. Una colega me descubrió, me tranquilizó y luego, ese fin de semana, me llevó a mi primera reunión de A.A. Yo no sabía que ella era miembro de A.A. Una cosa que recuerdo de esa reunión es ver colgado en la pared un póster con los Doce Pasos. Me fijé en la primera palabra del Primer Paso: “Admitimos”. Y entendí de inmediato exactamente lo que significaba. Había pasado por el proceso de salir del clóset, que fue simplemente admitir quién era. Y en cuanto empecé a leer el Libro Grande, no tuve mucha dificultad en admitir que era alcohólico. Así que muy pronto me declaré, por así decirlo, alcohólico. Y debe de haber surtido efecto porque me tomé mi último trago esa misma semana.
Una vieja conocida, que no había visto desde hacía años, estaba allí en esa reunión, y ella acordó ser mi madrina temporal. Gloria me llevó a algunas reuniones de gais, me dio un ejemplar del Libro Grande y me presentó a sus amigos, miembros de la Comunidad. Así que soy uno de los afortunados que tenía una amiga en el programa desde el primer día. Me gustaría que todos los recién llegados tuvieran una acogida como la que yo recibí en ese grupo. Y lo más importante, me ayudó a ponerme en contacto con Dios como yo lo concibo, desde el mismo comienzo. Ambos reconocimos la ironía de que ella estuviera allí en mi primera reunión, una reunión a la que otra persona me llevó. Dado el hecho de que hay 300 reuniones semanales en mi área — fue una verdadera “coincidencia”.
Debo recalcar lo impactante que fue para mí ver a alcohólicos homosexuales cuyas vidas no giraban en torno a la movida de los bares, que tenían buenas relaciones y amistades y que se estaban divirtiendo grandemente en la vida. Por esta razón las reuniones gay tenían para mí cuando era nuevo una gran importancia. Pero me dieron una buena acogida y me trataron con respeto en todas las reuniones de A.A. a las que asistí. A.A. es un lugar donde no he tenido nunca que lidiar con la homofobia de nadie. Me aceptan como soy. Y por esto estoy muy agradecido.
Poco después encontré a un hombre heterosexual mayor que acordó ser mi padrino y que me guió por los Pasos. A lo largo de los años he apadrinado a hombres heterosexuales. He visto que cuando el padrino y el principiante tienen estilos de vida extremadamente diferentes, los dos se ven forzados a enfocarse en lo que tienen en común como alcohólicos. Y para mí esto sirve para reforzar la conexión. Ya que soy muy abierto en cuanto a mi vida, mis temores, mis dificultades, mis ahijados me han dicho que se sienten cómodos al dar su Quinto Paso conmigo. Creían que no juzgaría ni desaprobaría nada que me pudieran contar. Es una gran bendición saber que puedo ayudar de esta manera, dado que pasé muchos años negándome a decir quién soy en realidad.

 

“Sola y aislada, me enamoré del alcohol a la edad de 14 años”.
Soy una alcohólica bisexual. Antes de unirme a Alcohólicos Anónimos, creía que estas dos cosas se encontraban entre las peores que se pudieran
decir de un ser humano. Albergaba sentimientos de culpabilidad, vergüenza y remordimientos por ser quien era y las cosas que hacía. Hoy, como consecuencia de trabajar en los Doce Pasos y ser aceptada por cariñosos padrinos y madrinas, me acepto a mí misma y ya no me siento sobrecargada por la vergüenza.
Crecí en la década de los setenta en una familia de la clase media alta con un padrastro emocionalmente ausente y una madre abusiva cuya principal preocupación era lo que pensaría la gente. Insistía en que yo nunca hablara de lo acontecido en casa.
Pasé cada día de mi vida aterrorizada. Fui abusada en casa e intimidada en la escuela. No sabía defenderme. Me creía una persona horrible. Si no ¿por qué todo el mundo me trataba tan mal?
Ya a la edad de 19 años, sabía que me gustaban los muchachos y las muchachas. Cuando le dije a una maestra que me sentía atraída por ella, se lo notificó a mi madre. Me hicieron sentir avergonzada y me advirtieron de que nunca hablara de estos sentimientos con nadie.
Sola y aislada, me enamoré del alcohol a la edad de 14 años. Me convirtió en una persona atractiva y popular y capaz de coquetear. Inmediatamente tuve lagunas mentales. El día después de una fiesta siempre me sentía atemorizada por tener que oír a mis amigos contarme lo que había hecho. Mi comportamiento solía suponer quitarme la ropa ante los invitados, irme con el novio de otra persona y acostarme con casi cualquier persona.
Participaba en un grupo de jóvenes gais y lesbianas, pero seguía sintiéndome diferente. A veces se considera la bisexualidad como una “confusión” o la incapacidad para decidirse. Tanto los heterosexuales como los homosexuales suelen creer que los bisexuales son gay pero se niegan a aceptarlo. Para muchas personas bisexuales, identificarse como gay/lesbiana o heterosexual resulta ser aplicar la ley del menor esfuerzo. No me sentía aceptada en la comunidad gay ni entre las personas heterosexuales.
Ya sabía que algo andaba mal en mí y creía que era mi sexualidad. No se me ocurrió nunca que fuera mi forma de beber. La psicoterapia no me podía reparar (no hablé con sinceridad acerca de mi forma de beber). Avergonzada por mi sexualidad, creí haber atinado con la solución perfecta: Me casaría. Elegí al hombre más macho que pude encontrar —un Boina Verde— y pasé siete años sufriendo en un matrimonio físicamente abusivo. Pero todavía no estaba “curada” de mi bisexualidad ni de mi alcoholismo.
La situación con la bebida fue empeorando. Era un bebedora periódica, mis borracheras separadas por períodos sin beber. Ya que no bebía por la mañana ni todos los días y ya que tenía todavía un trabajo, un apartamento y un coche, mi negación seguía floreciendo. Pero los intervalos entre las borracheras eran cada vez más cortos, y ya estaba convirtiéndome en una bebedora diaria cuando encontré Alcohólicos Anónimos.
Me identifiqué inmediatamente, pero pasé por otros tres años de sufrimiento antes de rendirme. Trabajé en los tres primeros Pasos pero me vi estancada al tratar de dar el Cuarto Paso — el Paso que trata de hacer el inventario y ser sinceros con otros y con uno mismo. Ya sabía que en lo más hondo de mi ser encontraría un apestoso y desastroso desorden.
Mi primer padrino —un hombre gay— me dio el más maravilloso regalo: me escuchó toda una tarde hacer mi pormenorizado inventario. De vez en cuando me dijo algo para animarme, pero principalmente me escuchó hablar. Después de años de silencio, mis secretos más horribles fueron recibidos con aceptación y amor. Y en vez de ese desorden desastroso y apestoso que había esperado encontrar en lo más hondo de mi ser, descubrí que era una miembro lastimada de la raza humana que había hecho algunas cosas terribles. Yo era responsable de esas acciones, pero si me dedicaba a trabajar en los Pasos no tendría que repetir esos comportamientos.
Poco después me mudé y encontré a una mujer heterosexual con dos décadas de sobriedad que acordó ser mi madrina. Tenía un miedo cerval de que me rechazaría si le dijera que soy bisexual. Le dije que tenía algo que decirle pero me sentía aterrada por su posible reacción. Me dijo: “Aquí estoy. Dime lo que tienes que decir para que no te dé motivo para tomarte un trago”. Se lo dije y me dijo: “Aquí estoy todavía. ¿Tienes otra cosa que decir?”
Por medio de la aceptación y el amor de estos padrinos, he llegado a poder aceptarme y amarme a mí misma. Cuando llevaba siete años sobria, conocí a un hombre bisexual y nos casamos. Los dos podíamos ser abiertos y sinceros respecto a nosotros mismos. Juntos coordinamos el grupo de A.A. “Bienvenidos bisexuales y todos los demás”. La relación duró 10 años antes de que nos divorciáramos amistosamente.Ya no creo ser una persona terrible porque soy alcohólica y bisexual. Soy un ser humano con defectos, como todos lo somos. Creo que el Poder Superior me hizo exactamente como debo ser. Espero que, contando la historia de mi recuperación y de mi aceptación de la vida, tal y como es, yo pueda ayudar a otro alcohólico que esté lidiando con los mismos sentimientos.